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Se puede extrañar la lluvia
como se extraña el frío,
la noche o la tormenta.
Como se extraña el fuego,
el dolor lacerante de la herida,
el eco incansable de los golpes,
la caricia asesina de los años,
el silencio impasible
y sordo de la distancia.
Se puede extrañar, incluso,
la cárcel de la nostalgia.
La ira y el insulto,
la sinrazón y la valla,
el control y la amenaza.

Pero también se puede
ser cobarde y huir,
huir de todo eso
igual que se huye
de una habitación
en llamas.

Ser cobarde, sí.
Saltar por la ventana.
Para ser cobarde de verdad
hace falta haber sido valiente
alguna vez.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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