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Las manos siempre le olían a tierra,
tal vez porque, siendo niña,
enterró sus uñas en ella
esperando que el tiempo
las volviese garras.

No fue la vida sino la muerte
quien cosió el dolor a su sangre
y le enseñó a caminar siempre sola.
La tristeza la envolvió como una piel
y, aunque el viento helado del Norte
fue congelándolo todo a su paso,
en su interior ardía una llama inmortal
más poderosa que cualquier nieve;
era un coloso de acero,
un libro hermoso y atroz,
un horizonte inmenso
y amarillo con nubes de fuego.
Sus pestañas estaban hechas de papiro,
su corazón era un salvaje desafiando
al tiempo y sus leyes.

Llegó a lo alto de la ciudad
mientras la tarde moría
en brazos de la noche.
En el azul del crepúsculo,
las calles parecían ríos de luz.

Respiró hondo y emprendió
el camino de vuelta, confortada,
con las manos bien abiertas,
llenas de surcos y grietas,
como la tierra seca.

No sentía el frío.
En sus ojos brillaba
la luz inconfundible
de un poema.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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