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En las mañanas tibias del otoño,
el barrio dormita hasta las doce y media;
respira inmóvil, como aguardando un milagro,
con sus ojos cerrados como persianas rotas
y, aunque el sol brille en lo alto
y tiña la bruma de octubre
del mismo dorado que el trigo,
solo se oirán leves trinos de pájaros,
toneladas infinitas de silencio,
recuerdo de los que ya no están
o se han ido a trabajar
o se están yendo,
alguna voz suelta y muy breve,
por desgracia, no siempre suave,
y, muy a lo lejos,
a una distancia que resulta
casi imposible de imaginar,
el eco opaco del ruido
de un martillo mecánico
abriendo más grietas innecesarias en el asfalto
que indica que, al otro lado del muro,
fuera de toda esta calma valorativa,
palpita con furia incansable
el corazón de la ciudad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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