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Yo he visto al tiempo
enredarse en tu pelo negro
igual que un insecto terco y torpe,
y en esa maraña de viento
de mar en la montaña
que es tu cabeza
he visto hundirse
a mi tristeza y mi agonía,
han fracasado
mi miedo y mi deseo
de vivir sin complicaciones,
se han cancelado
automáticamente
todos mis planes de soledad,
he enterrado mi rabia entre tus ojos
del color de la tierra mojada,
he coronado en tu frente
mi futuro, se me ha poblado
el horizonte de incógnitas,
proyectos y promesas.

La última luz de la tarde,
tu primera sonrisa de la mañana.
La brisa y el sol en la cara,
tus gafas en mi mesilla,
el olor a café y tostadas poco hechas
a las nueve y media de la mañana,
tus libros durmiendo con los míos,
tu espalda desafiando la línea recta,
los placeres más insignificantes
que uno pueda imaginarse
son construcciones infinitas,
ventanas abiertas, gigantescas,
cielos azules con nubes brillantes,
mares de espejo, tardes de verano,
lluvia suave de otoño y silencio de paz,
mis sabores, imágenes
y olores preferidos,
todo eso a la vez,
si estoy a tu lado.

De vuelta a casa, de noche,
bajo la lluvia incesante del último sábado de abril,
entre luces blancas y amarillas, neones moribundos,
abandonamos tú y yo la decadencia que vive al sur,
regresamos a nuestra casa, que insiste en ser hogar
contra todo pronóstico. Con tristeza y esperanza
al mismo tiempo, desafiando los obstáculos
igual que trampas y curvas e infracciones.
La carretera se convierte, de golpe,
en un oscuro lecho de muerte
en lo profundo del mar,
pero acaricias mi mano
y nada importa
y todo se ilumina.

Y nuestras promesas,
que pesaban lo mismo
que nuestras amenazas,
se crecen y toman ventaja.
Dejamos atrás ciudades
eternamente sórdidas,
insoportablemente
feas y extrañas.
Nada más importa ahora.
Estamos a salvo. Juntos.
Tanto tiempo después.
Por fin. A salvo.
Para siempre.

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