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He puesto la silla frente a la ventana,
junto a la estufa y la cuna del gato.
La he apartado de la mesa. No tiene
sentido que se pase el día mirándome,
no tiene sentido que se pase el día
esperando por nadie.

Desde aquí puedo ver llover todos los días.
Me relaja ver el agua resbalando por el tejado
de la iglesia como si fuese un tobogán.
Las gaviotas se detienen ahí y lloran fuerte,
desde lo alto, cuando hay tormenta.
Supongo que, como a mí, la lluvia
les recuerda un poco al mar.

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