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Respetar su lado de la cama.
Besar la almohada donde dormía,
sentir el peso invisible de su cabeza de aire.
Atesorar las pocas cosas, insignificantes,
que se dejó olvidadas entre las mías
como si fuesen reliquias de alguna
guerra importante.

Empezar a creer en la telepatía,
decirle cosas que ya nunca más podrá oír.
Enfadarme con ella, disculparme después,
hacerle preguntas, llorar, despertarse a las
tres de la mañana todos los días.

Recorrer con los dedos su ausencia,
la ausencia de todas sus cosas.
Culpar de todo a las alcayatas,
a las marcas que dejaron sus cuadros,
a su mesilla de noche, al color de las paredes.
Echar de menos los malos tiempos
que precedieron a este abismo
de soledad y silencio.

Y abrir el armario roto de par en par
y sentarse en la cama,
en su lado,
a observar sus perchas,
huérfanas de ella, de su ropa, de sus
ambientadores de canela y naranja,
raquíticas, inmóviles y desnudas,
colgando como esqueletos.

 

 

 

 

 

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