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Al margen de esporádicos sobresaltos,
vivíamos felices en aquel cobertizo de madera
que tenía una ventana orientada hacia poniente
y olía a maíz y a fruta, y a los dos
nos servía de escondite.

Bebíamos gaseosa mientras leíamos viejas
revistas de la abuela, ediciones antiguas
del Reader’s Digest, omnipresente,
intentando encontrar, en vano,
la gracia de sus tiras cómicas.

Y comíamos ciruelas negras, escupiendo
el hueso en servilletas de papel absorbente.
Y, por las noches, cuando papá traía aquellas
chocolatinas estupendas, que entonces se
llamaban Raiders y ahora son sólo Mars,
nos preguntábamos si siempre
iba a ser así.

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