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Ella dormía de cara a la ventana
y, al otro extremo de la cama,
mirando a la pared,
dormía yo.

Éramos ya, ella y yo,
como dos interrogantes.
La metáfora del fin
de nosotros mismos.

La nada se había
instalado en nuestra casa.
Se fue adueñando de cada cosa.
Había decidido quedarse
a vivir entre nosotros
y dominarnos.

Ella sólo quería
estar lejos de mí.

Yo sólo quería
no estar solo.

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