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Aunque
ella se marchó
precipitadamente,
–el pelo al viento como un sol
atravesado por mil espadas–,
corriendo en dirección contraria,
él la vio desaparecer muy despacio.

Observó su huída en silencio
como quien contempla
una puesta de sol.

Esperó a que se hiciese
mínima en el horizonte, tan pequeña
que no pudiese ni siquiera imaginarla,
y después regresó andando a casa
y al llegar se quitó el jersey
y encendió la televisión.

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