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Después de escuchar a las viejas preconizando
con vehemencia las virtudes del linimento de
Sloan, de observar sus extremidades como
si fuesen de otro, de sentir el bombeo de
la sangre concentrado en las muñecas,
el poeta C.B., existencialista sombrío,
desconvencido y pragmático, invitó
a todos sus amigos a desalojar el
local y, poniéndose la chaqueta,
les deseó buena suerte y subió
a su casa a descansar con los
gatos. A admirarse la tripa
velluda, pálida y blanda.
A escribir algo, versos
sueltos, lo que fuese,
por malo que fuese.
Porque era triste
que un escritor
no escribiese.

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