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Se oyen pájaros. Son cuervos
recios como en Père Lachaise.
Cuando creo que vienen por mí
cubro mis ojos con las manos.

Por las mañanas no hay apenas
ruido de pasos. La luz es tenue.
El sol se fue un día, pero aún no
he oído a nadie quejarse por ello.

El barrio me parece más tranquilo
desde que no estás. Alguna gente
ha muerto, otra ha nacido. Yo no
he vuelto a tener plantas en casa.

El cartero ya me saluda siempre.
Se llama Fernando. Lo sé desde
el día en que tuvo que prestarme
veinte céntimos para el autobús.

Ha pasado un año ya. Y sigo vivo.
Más vivo que tú, aunque parezca
lo contrario. Yo no estoy muerto.
No llevo la muerte dentro de mí.

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